- ¿Haydel?
- ¿Sí?
- ¿Falta mucho?
- No lo creo, diría que sólo unas pocas horas.
El viaje nos había llevado más tiempo del que pensábamos. Éste era el cuarto día desde que huimos de la casa de mi antiguo señor. Pero no me arrepentía. Gracias a Dulian logré escapar de mi trágico y doloroso pasado. Entró en mi vida como un rayo iluminador de esperanza.
No nos habíamos encontrado aún con ningún peligro, excepto cuando aquel jabalí pensó que representábamos una amenaza para sus crías y decidió perseguirnos hasta bien entrado el mediodía.
Las puntas de las torres del castillo diVaylon se asomaban de entre los árboles orgullosamente. Brillantes tonos verdosos y crema que contrastaban con el anaranjado crepúsculo otoñal. La bandera bailaba con el fresco viento que llegaba del sur, indicando una fría noche.
- ¿Ése es mi castillo?
- Sí, Dulian.
Su cara se iluminó y sus ojos se colmaron de felicidad. Observó su hogar como un niño que ve por primera vez las olas del mar, sonriendo con verdadera alegría.
- Es magnífico, realmente magnífico.
Aceleró el paso, ansioso por llegar.
- Dulian, tranquilo. Tardaremos medio día más en alcanzar el puente levadizo, no merece la pena que corras.
- ¡Pero tenemos que llegar pronto!- exclamó impacientemente.
- Pero si corres llegarás sin aliento, ¿es ésa la imagen que quieres dar a tu familia después de tanto tiempo desaparecido?
- No- ralentizó el pasa, desilusionado.
No me gustaba cuando su mirada se tornaba triste, así que decidí volver a sacar un tema que nos gustaba comentar.
- Bueno Dulian, vuelve a hablarme de tu muchacha.
- ¡Oh Haydel!- dijo con una mirada de ensueño.- Deberías verla, es bellísima. Su piel es blanca y delicada como la porcelana, salpicada con varias pecas; sus labios son rosados y apetecibles; su cabello es largo y castaño, del color de los árboles, que cae salvajemente por su espalda; y sus ojos, sus ojos me matan, son azul como el cielo en pleno verano.
- Me encanta oírte hablar de ella.- dije sonriendo.- Te ayudaré a encontrarla Dulian.
- Te lo agradezco muchísimo. ¡Qué bien que ahora sonríe! No soportaba verla con esa mirada tan triste y apagada.
Desde luego, el lazo que parecían compartir era irrompible. No cesaba de parlotear sobre su misteriosa muchacha, siempre con un tono de amor y admiración que instantáneamente te llenaba de alegría. Espero que algún día la encontremos.